Después
de la tensión de las últimas semanas, la ridícula intervención de Puigdemont y
la decepción de los independentistas han dado paso a una sensación de euforia
en el lado contrario que no comparto. En primer lugar, no podemos olvidar que
el problema persiste, miles de personas en Cataluña no se sienten españolas y
eso no va a cambiar. La fractura de la sociedad catalana y española es un hecho
muy preocupante que la actitud arrogante de los últimos días no ayuda a resolver.
Que los defensores a ultranza de la legalidad constitucional (o de su interpretación)
no se engañen, los desafíos que ha planteado el llamado “proces” al Estado no
se remedian con la persecución judicial, se necesita diálogo y respeto para
integrar de nuevo a la sociedad y negociación para atender las demandas
políticas de ambas partes. Cualquier solución que se base en la humillación del
derrotado, está condenada al fracaso. Además, aplicar el artículo 155 o presionar
demasiado a la parte moderada del bando independentista es una provocación que
puede ayudar a los más radicales a tomar el poder y continuar con la política
suicida de confrontación del todo o nada.
Los
independentistas han llegado hasta donde han podido, intentaron compensar el
enorme desnivel de fuerzas con el Estado español con una estrategia de movilización
de masas que estuvo a punto de darles resultado gracias a los errores de Rajoy.
Ahora, forzados por la realidad, están obligados a negociar y el gobierno
español no debería caer en la tentación de aplastar al derrotado, de ignorarlo. Estamos ante
una oportunidad única de reconciliación “nacional”, sea cual sea la nación, que
espero que no sea desaprovechada.
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